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Confirmado: no sólo hay COVID

(Spoiler: también hay malaria)

Hasta hace pocos días Kenia y España andaban en conflictos diplomáticos y ambos países nos exigían cuarentenas al llegar o al volver, con lo cual las aventuras keniatas de este verano no podrían llevarse a cabo.

Antes de cancelarlas tenía que ingeniar un plan B, así que decidí vivir de una vez el plan de viaje que tenía en la cabeza para Uganda desde hace 3 años, total, ¿a quién no le iba apetecer ver gorilas de montaña en su hábitat natural aparte del resto de fauna y paraísos de la pequeña perla africana y, por supuesto, visitar la maravillosa escuela de Bruno?

Unos días antes de salir, ambos países cedieron y afortunadamente ya no tenemos que guardarlas ni en un sitio ni en otro, con lo cual viviremos el verano será sin modificaciones a priori; pero aún así decidí seguir adelante con la idea trazada ugandesa para luego continuar con el plan de viaje keniata antes de venir con los grupos.

Las 2 semanas por Uganda han sido fascinantes consiguiendo mucho más de lo que imaginaba, visualizando nuevas sensaciones en todos aquellos que queráis experimentarlas porque, aunque es similar en muchas cosas a Tanzania y Mozambique, en realidad, no tienen nada que ver!!!

Ahora, la gozadera real me esperaba justo al cruzar la frontera a Kenia… apenas llevábamos 3 horas en el nuevo país y ya mi estómago no andaba fino: la primera noche la paso más en el baño que en la cama y esto en mí no es normal, no suelo sufrir diarreas. Por la mañana hacemos el enésimo trayecto en minibús para llegar a las faldas del Masai Mara donde queremos ver una escuelita que se adecúa bastante a lo que Juntos Mola Más busca en sus proyectos: desde la base, hacer con poco mucho a todos los niveles (alimentación, instalaciones, profesores,…) es decir, donde aún no haya mucho desarrollo. Pero al bajar del minibús ya no es sólo el estómago, ahora siento dolor en muchas articulaciones y no tengo apetito. Yo antes viajaba sólo, ahora imposible, siempre se me acopla alguien lo cual ME HACE FELIZ. Belén, 14 años más joven que yo, con su encanto nativo se ríe de mí y me dice que me deje de quejar, ¡abuelo!

Visitamos la escuela por primera vez y nos quedamos, una vez más, impresionados (ya iréis viendo todo lo que podemos ir haciendo); pero yo no disfruto el momento, siento mi batería por debajo del 5% y voy cada vez más lento de cuerpo y de mente. La vuelta al hotel en moto se me hace una tortura, los caminos tienen muchos baches y piedras y, lo que en condiciones normales se hace divertidísimo, a mí me está costando la vida.

Llegamos al hotel, apenas son las 7 de la tarde y no dudo en tumbarme en la cama; comparto habitación con Belén y, ante lo que ve, me sigue vacilando en plan que estoy mayor pero ya no con el mismo tono, parece que se lo empieza a creer.

Obviamente no me planteo cenar, ni ducharme, ni nada que no sea estar tumbado, a duras penas me cambio la ropa y con este gesto doy por concluido mi día por hoy. Duermo profundamente soñando con que cuando me despierte será un nuevo día y me sentiré mejor. Me despierto. Ni me siento mejor ni es un nuevo día, son las 23:30 del mismo… estoy sudando y tiritando, ahora sí que me duele todo el cuerpo. No me preocupo, aunque es una sensación muy desagradable no dejan de ser los síntomas de una gripe, así que me concentro como puedo en coger postura y dormir otro poco, no lo consigo y estoy comiendo techo hasta las 7:30 ahora sí, del día siguiente.

Aunque no tengo apetito voy a la cafetería a por algo de fruta y un café, me miran Belén y Catina y decidimos que hay que buscar un hospital, estamos en una zona remota pero el pueblo parece grande así que esperamos que al menos haya uno, por muy lejos que esté sería tomar un taxi y entrar a consulta directo. 

Pues resulta que el edificio de al lado del hotel es un hospital, un buen hospital. Siempre he sentido que tengo una flor en el culo, desde hace un tiempo creo que es mi abuela Bernarda allí donde esté la que, igual que de pequeño me daba más propina sin que mis hermanas y primos se enterasen, cada vez que me pasa algo siento que mueve lo que sea para facilitarme las cosas. Te quiero abuela. Llego al hospital andando, ir al edificio de al lado todavía puedo. Me acompaña Juansa, éste sí que es una verdadera perla de persona, me atienden relativamente rápido y proceden a hacerme análisis de sangre, a la media hora me dan los resultados, salgo de la consulta:

  • “Juansa, tengo malaria”
  • “Qué dices??????”
  • “Que tengo malaria”.
  • “Y por qué sonríes?”
  • “Y por qué voy a llorar?”

Nos volvemos al hotel y me obligo a comer algo para empezar cuanto antes con la medicación. No me gusta la Coca Cola pero es lo único que me apetece, me tomo 2. Vuelvo a la habitación, escaneo la documentación médica y se la envío tanto al seguro de viaje como al multirriesgo profesional, en cuestión de minutos me llaman los médicos de ambas compañías, les digo que no se preocupen, que me encuentro fatal pero que es lo normal, que la hemos cogido a tiempo y que ahora sólo toca sufrir unos díitas hasta que vaya minorando. Ambos me dan sus pautas las cuales agradezco, pero me fío más de los médicos africanos que tratan la malaria A DIARIO que de los españoles que muy probablemente sólo la hayan estudiado.

Me autoinstruyo en los síntomas reales, el tiempo de incubación, el tiempo de mantenimiento, las estadísticas de casos y muertes,… no tengo nada de qué preocuparme, aunque cada vez me voy apagando más, estoy convencido de que aún no es mi hora.

Apenas son las 3 de la tarde, no tengo mejor plan que estar tumbado, pero no me duermo, así que entre bichear el móvil, leer y pensar, mucho pensar,… se van pasando las horas. Cada poquito tiempo vienen o Juansa, o Catina o Belén a darme mimos. Belén ya no me vacila, cómo me verá de mal,… pero con pocas fuerzas aún sacamos juntos algún momento de risas, somos igual de payasos (bueno, ella más!).

Llega lo que más temo, la noche: todos hemos tenido insomnio y sabemos lo largas que se pueden llegar a hacer, pues en la cama, sin poder moverme, con dolores, sudores, sin coger postura de ninguna manera, con la boca cada vez más seca y un sabor horrible por la medicación, bebiendo agua cada 10/20 minutos con pánico a que se me acabara en medio de la noche y tuviera que beber del grifo… 

No tengo derecho a quejarme, o sí, pero poco, puedo respirar bien, esto es una gripe fuerte y pasará, así que me toca aplicar de nuevo La Terapia Del Jodete (hay cosas que tienes que hacer porque sí, y punto!).

Entre tantas rayadas de pensamientos me acuerdo que no tengo mis últimas voluntades actualizadas, sí, no me voy a morir pero esto es muy importante dejárselo claro a quiénes quedan para evitarles problemas y dolores de cabeza cuando faltemos para siempre. Y os lo digo yo que entre otras cosas vivo de esto, de no hacer las cosas bien en vida y tener que remover todo cuando alguien muere. Así que aprovecho y me las actualizo, ahora mismo lo que más me preocupa es que Rafiki quede en buenas manos.

Al fin se hace medio de día y puedo tratar de llegar a la cafetería, aunque no me apetece nada y me muevo con dificultad, salir de la habitación me sentará bien. Es en ese momento cuando decido volver al hospital a que me chequeen de nuevo. El doctor Angila Salmon (cómo no va a saber de malaria un tipo llamado así) me dice algo que entre mi inglés y su lengua de trapo detrás de la mascarilla lo que logro entender es “inyección”, le digo que sí, que pa’ alante, mejor que tantas pastillas cada X horas. 

Estoy solo, Catina, Juansa y Belén están en la escuelita, pero justo en este momento Juansa decide hacer una bomba de humo y escaparse porque le daba vergüenza dar clases de español-inglés a los niños y aparece al lado mío (como puesto por mi abuela) en el momento oportuno justo cuando me van a poner la primera de las 3 inyecciones; según me está entrando en sangre me mareo, no súbito pero me voy, apenas 10 segundos, vuelvo, sudo, sudo mucho, buffff, qué mal rato, respiro, resoplo, la enfermera le dice a Juansa que me vaya a por algo de comida, viene en menos de 3 minutos con unas samosas, como una como puedo y descansamos un poco. Recupero, me pone la segunda, ésta parece que mejor, no, me levanto, vomito, vomito líquido, no tengo nada que vomitar pero vomito. Recupero. Juansa me trae galletas, como algunas y me ponen la tercera vacuna, ésta parece que mejor, sí, ésta bien. Descanso unos minutos y ya poco a poco regresamos andando al hotel, ¡qué mal rato!

Paso las horas un poco mejor, con menos sudores y dolores y temiendo menos la noche porque, total, a las 4:30 de la mañana tengo que ir a otro hospital a continuar con otras dos inyecciones del tratamiento. Ahora me acompaña Belén pero, antes de salir de la habitación viene Juansa a tocarnos la puerta porque creía que nos habíamos dormido, son las 4:15 de la mañana, “Juansa, la perla”. El taxi llega media hora tarde, “african time” lo llaman aquí, en estos momentos no me mola nada el pole pole la verdad pero… no podemos hacer nada. Llegamos al nuevo hospital, no hay nadie y no sabemos cómo será la cosa, pero las piezas en figuras de recepcionista, enfermera y médico encajan perfectamente y en 30 minutos ya tenía las dos siguientes inyecciones puestas.

A las 5:30 am estamos de nuevo en la cama, tenemos 4 horas para seguir durmiendo antes de saber si Belén puede volverse conmigo a España con su vuelo. A mi un médico del seguro ya me ha dado el OK a la repatriación en cuanto me vaya encontrando mejor, sin el OK también me hubiera vuelto por mi cuenta lo único que no en Business Class, así que así mejor. 

Conseguimos que Belén se pueda venir en mi mismo vuelo y me siga mimando y vacilando hasta España; me voy encontrando un poquito mejor, no se si lo suficiente para aguantar las más de 7 horas que tenemos de camino en taxi a Nairobi, pero tengo que concentrarme e ir dando pasitos que me acerquen al destino, mi casa. Nos plantamos en el hospital de Nairobi donde tenemos que conseguir mi última inyección del tratamiento y ambos las PCR’s para la vuelta. Es un edificio imponente, casi como un rascacielos, ya verás ahora aquí lo que tardamos. En la misma recepción nos coge una chica, nos dirige a un mostrador de registro, coge mi historial, nos lleva a caja para liquidar vacunas y PCR’s, nos mete en un box y en cuestión de minutos yo ya tengo la vía cogida, estoy listo para mi última vacuna y están esperándonos para hacernos las PCR’s. Me echo a llorar, esta vez ni de dolor, ni cansancio, mareos, sudores o sueño, lloro por la suerte que tengo, no sé si es mi abuela pero es imposible que salga todo tan bien. La enfermera y Belén me preguntan si estoy bien, les digo que sí, que estoy MUY BIEN.

Después de un día eterrrrrrno al fin llegamos al hotel, hemos fichado uno cerquita con muy buena pinta, nos dan una suite al precio de una habitación normal (38 € los dos), no hemos comido más que una manzana en todo el día, Belén está muerta de hambre, yo como no tengo apetito ni me acuerdo, el de recepción se cuela en la cocina del restaurante cerrado y nos trae a la habitación dos platos de fruta. Belén es feliz. Yo también.

Amanece, me encuentro mucho mejor, vuelvo a vacilar a Belén con frecuencia y eso ya es buen síntoma. Me río, me veo llegando a España e imaginando algún titular en prensa del estilo: “El subnormal de la cepa de covid zamorana ahora llega con malaria”. Y es que hace 4 meses pasé un Covid de cepa exótica sin síntomas, así que voy sumando anticuerpos a mi sangre.

*(Si algún medio de comunicación leéis esto por favor no me volváis a llamar para ampliar información buscando titulares. Esto es lo que ha pasado sin mayor interpretación).

Voy en Business de Qatar Airways, es la segunda vez que vuelo así y ambas con repatriaciones, yo no sé cómo tendría que verme o cómo tendría que pensar para pagar el dinero que cuestan estos billetes, pero alguna ventaja tenía que tener por ser tan buen tomador de seguros… Ya voy bastante mejor pero no he pedido más que agua y café, bueno, y unas gambas para las cuales me han traído 3 cucharas, 3 tenedores y 3 cuchillos y luego una tablita de quesos deliciosos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Las apariencias engañan, pero las apariencias e incluso las formas de la gente de Business no me gustan.

En estos 4 años sois más de 1000 las personas que habéis confiado en Juntos Mola Más para movernos por zonas brutales muchas de ellas con riesgo de malaria. Y el primero en pillarla he sido yo así que no podéis decir que no predico con el ejemplo 😉 

Bacteria comecarne, rotura de hombro, esguince, covid, malaria,… ojalá no me igualéis nunca este currículum, con que lo pase yo y lo escriba para compartíroslo suficiente.  Ahora ya sólo me quedan 4 semanas para volver.

No sólo hay Covid, también hay malaria, ébola, tifus, dengue, cáncer, enfermedades raras,… No paro de pensar en la de gente que os habéis quedado por el camino sin tener Covid y que no os han podido tratar, operar o ni siquiera daros una cita médica a cuenta del Covid y la pésima gestión que se ha hecho en la Sanidad. Bravo, por otro lado, por todos los profesionales al pie del cañón, incluidos todos estos africanos que a mi me han salvado la vida desde su ritmo pole pole incluso vacunando.

No sólo está España, nos creemos el ombligo del mundo y así nos va en muchas cosas. Ojalá pudiéramos tener todos la posibilidad de ampliar perspectiva, abrir más la mente e incluso correr más el riesgo de pillar malaria fuera de casa y no el Covid sin ni siquiera salir de ella. Pero lo único que está claro es que lo que nos salva no es nuestra bandera, ni los políticos, ni nuestra raza; nos salva la ciencia y, por ende, las vacunas. 

Y el amor. 

Con amor y vacunas no hay pandemia que resista.

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